-Princesito, buenos días.
Aquella irritante voz le provocaba dolores. No quería abrir
los ojos. La cabeza le daba vueltas y su cuerpo, totalmente magullado ¿dónde
había dormido? Tenía la espalda completamente destrozada.
-Cállate…
Como pudo, murmuró aquellas palabras. Su voz sonaba muy
ronca, quebrada. Ni él mismo la reconocía y eso que era la suya. Por mucho que
intentara abrir los ojos, no lo conseguía, de ninguna manera. Era como si
tuviera dos piedras sobre ellos, y por mucho que intentara abrirlos, no podía.
Que sensación tan horrible.
-No es por nada, pero estás en el calabozo, y yo soy tu hada
madrina que ha venido a sacarte, para llevarte con tu familia, quien te va a
dar una paliza de la que no saldrás vivo.