-¡Tío, tío! ¡Ven y mira lo que he encontrado! ¡Corre!
La niña, llena de euforia, tiró con toda la fuerza que podía permitirse de mi mano. No sabía donde me llevaba ni qué era lo que quería mostrarme, pero era imposible no sonreír. Su emoción era sin duda contagiosa.
Ambos cruzamos el parque agarrados de la mano hasta uno de los muchos árboles que adornaban el lugar. Levantó su pequeño y delgadito brazo libre y señaló un nido bien colocado entre dos ramas. Su sonrisa se agrandó considerablemente al enseñármelo. Al igual que la mía al observar lo que con tanto interés e ilusión había querido que viera.
-Que bonito, cielo.



